Desde pequeños aprendemos una cosa, la gente piensa que hay que pensar lo mismo que la mayoría porque tienen miedo a quedarse aislados, creen que serán rechazados y por ello prefieren despreciarse a sí mismos que afrontar que sus pensamientos no son los mismos.
Se han reído de mi incontables veces por mi manera de pensar, me molestó hasta que comprendí que la mayoría de ellos me envidiaba, no soportaba la idea de saber que yo tenía el valor y coraje que a ellos les faltaba para aceptarse a sí mismos, no soportaban la idea de aceptar que eran iguales que yo, que no pensaban igual, que ellos no eran realmente como se mostraban, tenían puesta una mascara del más duro acero que algunos jamás conseguirían romper.
En su momento fui como ellos, temía ser despreciada por las personas que me rodeaban, pero un día lo vi, vi a un chico mayor que yo, que llevaba unas ropas que yo en aquel entonces consideraba extrañas. Caminaba por la calle tranquilamente y con una sonrisa de satisfacción en la cara a pesar de ser consciente de las miradas despectivas y envidiosas que lo acosaban. Mi mirada era otra, mi mirada era de adoración, se percató y lo que hizo fue dedicarme una sonrisa y guiñarme un ojo. Para una niña de apenas 12 años eso era algo raro que no sucedía todos los días.
Te llamarán de todo, te insultarán, se reirán de ti a la cara y a tus espaldas, pero tendrás algo que ellos jamás tendrán a menos que se desprendan de su máscara, el orgullo y la satisfacción de saber que eres tú mismo, que has conseguido ser como quieres ser y no lo que se espera de ti.