Hay momentos en los que necesitas desconectar de casi todo lo que te rodea, hacer lo que quieres, disfrutar de la vida mientras eres joven. Ya tendrás tiempo de tener problemas cuando crezcas, cuando hayas madurado y no tengas otra cosa mejor que hacer que compadecerte de ti mismo. Ahora eres libre, como nunca más lo vas a ser.
Tienes planes, ilusiones y sientes distintas emociones al mismo tiempo. Unas ganas tremendas de comerte el mundo acompañado de gente que consideras especial, independientemente del tiempo que hace que las conozcas. Tener ciertos planes y morirte de ganas de que llegue el día de coger ese maldito bus y de que llegue a su destino, para pasar los mejores días en mucho tiempo y disfrutar del significado de ser joven, experimentar. Morirte de ganas de hacer locuras en un lugar donde nadie te conozca y gozar de la vida, del momento, de la situación y de la compañía. Morirte de ganas de perderte y volar, solo o acompañado, eso da lo mismo.
Querer volar a un lugar lejano, con una cámara como equipaje y dejar que tu creatividad fluya, para ponerte en contacto contigo misma, para llegar a un lugar tranquilo, sereno y pacífico, donde lo único que importa eres tú y quien hayas decidido traer contigo. Donde el tiempo pase a la velocidad que tu consideres oportuna, donde nada sucede sin tu permiso, un lugar maravilloso donde perderse y volar. Donde perderse, y volar.

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