No hay mejor momento en la vida que la infancia. Cuando eras pequeño e inocente, cuando cosas como que tu barrio estuviese lleno de yonkis, que en la otra punta del mundo alguien hubiera puesto una bomba o que alguien disparó al presidente Kennedy, te importaban más bien poco. Jugabas en tu cuarto, o en el salón con tus Barbies, o Action mans o con lo que tuvieras a mano. Cuando una caja de cartón se convertía con cuatro garabatos en la caja de muñecas de tus sueños o en un castillo lleno de guerreros preparados para la batalla. Cuando una tarde con tu mejor amigo, se resumía a darle patadas a un balón y comer unas chuches que tenías que racanear a tu madre, la cual todos los días te decía "no cojas caramelos a la salida del colegio, son droga" o "no hables con desconocidos".
Tu mayor preocupación era no perder los zapatos de tu muñeca o para que ponían en la caja de plastidecor la puntura blanca si no pintaba nada. Lo que más te preocupaba era que tu madre no te dejara ver tus dibujos favoritos o que se olvidara de ponerte la merienda que tanto ansiabas.
Todo era mucho más fácil cuando no tenías responsabilidades, cuando con una triste piruleta, sacabas a relucir tu más bonita sonrisa, porque no hay nada como la risa de un niño para alegrarle a alguien el día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario